A principios del
siglo XIX se "descubrió" el tranvía como medio de transporte urbano.
La Revolución Industrial provocó el crecimiento de las ciudades, y en consecuencia, se hizo urgente la necesidad de un sistema de transporte colectivo.
Los primeros vehículos fueron denominados en la época "tranvías de sangre", por ser de tracción animal, tirados por caballerías. Más tarde, la llegada de la electricidad arrinconó los distintos sistemas de tracción conocidos: caballos, vapor, cable...
A lo largo del siglo XX se produjeron cambios importantes en los sistemas de transporte colectivo en las ciudades y sus áreas metropolitanas, fundamentalmente en el transporte de superficie.
La solución para volúmenes intermedios de demanda es el Tranvía. Sin embargo, desde principios del siglo XX, se vio influenciado fuertemente por la aparición de los vehículos con motor de combustión interna (coche y autobús), que se presentaban como más modernos, flexibles y compatibles entre sí. Esto provocó que, a partir de los años 30, se iniciara la sustitución de líneas de tranvía por autobuses en los países más desarrollados. Este proceso se inició en España a principios de los años 60.
En todos los países que optaron por la eliminación del tranvía podemos destacar un denominador común: el claro objetivo de potenciar el uso del coche y el autobús, descuidando la modernización y la segregación del transporte colectivo y privado. En este contexto, los tranvías quedaron obsoletos y este modo de transporte perdió viajeros, siendo sustituido por autobuses, o, como paso intermedio, por trolebuses, que aprovechan la tracción eléctrica.
A principios de los años 70 se inicia un proceso de pérdida de viajeros de los transportes colectivos en el que jugó un papel importante la crisis económica desencadenada a partir del año 1973. En los años posteriores de recuperación económica se produjo un aumento del índice de motorización y del uso del coche para realizar los transportes urbanos, por lo que el transporte colectivo no captó el incremento de movilidad de estos años. Esto a su vez llevó consigo una pérdida de calidad de los transportes colectivos en superficie, como consecuencia de la congestión, fenómeno que afecta no solo a la movilidad sino, en general, a la calidad de vida de las ciudades: ruido, contaminación, etc.
La preocupación por este hecho se acentúa en la medida en que el número de ciudades que generan volúmenes elevados de viajeros crece de forma continua, como consecuencia del incremento de movilidad y del tamaño de las aglomeraciones urbanas. Se pone también de manifiesto la ineficacia de los autobuses para atender las nuevas demandas de movilidad. Así, en ciudades o corredores de transporte con bajos volúmenes de demanda (hasta 2.500 pasajeros/hora/sentido) un sistema de autobuses puede proveer la capacidad suficiente en condiciones de explotación aceptables. Por otra parte, ciudades con demanda alta (más de 20.000 pasajeros/hora/sentido) el metro convencional o el ferrocarril de cercanías se justifican, en términos de costes de inversión y de explotación, y dan un buen nivel de servicio. sin embargo, existe una franja de demanda intermedia (2.500-20.000 pasajeros/hora/sentido) que resulta difícil satisfacer en condiciones aceptables con los sistemas tradicionales.